Padre e figlio potrebbe essere definito un racconto sul Tempo. Il Tempo è una categoria soprattutto mentale di difficile definizione, è tutta dentro ciascuno di noi e del tutto soggettiva. Eppure una sola cosa ci accomuna: la percezione di precarietà della vita. Sembra che dal momento in cui ci apriamo alla vita, tutto sia destinato a correre in avanti, inesorabilmente, verso un abisso, di cui non sappiamo nulla.Vorremmo fermare questa corsa pazzesca, vorremmo sostare e attendere, ma cosa? Ci resta la speranza di qualcosa di perenne.Che cosa può essere? A cosa ci potremmo aggrappare? Creiamo illusioni, sogniamo mondi impossibili.Tuttavia ciascuno di noi aspira a questo qualcosa, che dovrà pur accadere. E se non a noi, potrà accadere ai nostri figli!Ecco allora, è lì il segreto, nel padre che genera per sperare nel futuro.Si ama una donna per mettere al mondo un figlio, perché il figlio deve garantirci il futuro. E nel futuro noi possiamo esercitare l’attesa. Perché tutta la vita, come in maniera incisiva ha detto Pessoa, è solo attesa, lunga o breve che sia. Il figlio ci garantisce la sua eternità.Ma sarà così?Perché ciò accada, il figlio deve corrispondere alle nostre aspettative. Sarà il figlio la nostra stessa impronta vitale? O anche questa è una pura illusione e ci rendiamo conto che è tutto inutile, una speranza di eternità che non si avvererà mai?Il figlio potrà a sua volta attendere.Pure questo succede: non è solo il vecchio che spinge in avanti il suo tempo, perché la speranza sta svanendo. Anche il giovane, il figlio, nella sua inesperienza e con le sue contraddizioni per una vita che pulsa, si pone in attesa.Sarà l’attesa per un padre che è svanito dall’orizzonte del suo presente, perché non si è capito che la vita va vissuta sul momento e l’amore va esercitato nel presente.Ma i figli a volte sono ottenebrati dalle loro ossessioni e non resta che soccombere all’inevitabile che è e resta un “attendere”.Si cercano pretesti per illudersi che la realtà sia diversa.Si cercano corrispondenze che nella vita crediamo di cogliere e non sono altro che proiezioni di un nostro mondo interiore tormentato.La nostra proiezione ci inganna, e gridiamo all’imbroglio per ciò che è solo frutto di nostri turbamenti.Il racconto alla fine vuole anche dirci che la carenza della comunicazione interumana, l’assenza di capacità di ascolto, creano situazioni estreme, per cui ci convinciamo definitivamente che grazie alle nostre illusioni le attese ci sono utili per riempire quel vuoto che ci portiamo dentro e che noi stessi abbiamo prodotto chiudendoci alla bellezza di relazione con chi ci sta accanto.
In un’afosa mattinata d’estate un giovane cammina per le vie della sua città fino al parco, qui si siede su una panchina umida e sporca
incurante di tutto. I suoi pensieri sono rivolti alla compagna che l’ha abbandonato senza una spiegazione. Per lei era stato disposto a tagliare i ponti con la propria famiglia che osteggiava il loro rapporto. Triste, infelice e apatico osserva coloro
che si muovono intorno a lui: bambini che giocano, giovani coppie a passeggio. Finché non gli si avvicina un vecchio che si siede proprio sulla stessa panchina. Chi è quell’uomo? E perché subito si mette a fissarlo intensamente con
occhi malinconici e poi lo abbraccia stretto chiamandolo figlio?
L’attesa ha moltissime sfumature di luce e di speranza. Quella di un padre sono infinite, non possono mai
identificarsi in un solo colore, perché è la vita stessa che non lo permette. Il padre investe in un figlio, il padre vede nel figlio la sua immortalità, e si sbaglia. Perché quella immortalità non gli appartiene, per cui
non resta che attendere, come avviene nella vita di ciascuno di noi.
Un racconto in bilico tra sogno e veglia, a tratti grottesco e forse proprio per questo disarmante.
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Partendo dal presupposto che il libro è un’opera d’arte a tutti gli effetti, sia per contenuto sia per forma, si è ritenuto interessante raccontare una collana editoriale, che fa
capo al progetto “Non leggi spesso? Leggi sottile”, attraverso un percorso tematico. Le copertine di quarantotto libri di vario genere, tutti sotto le quarantotto pagine, sono esposte in una collettiva originale.
Hay dos formas de soledad: la no deseada y la soledad por elección. En mi novela Un lugar en el caos(ExLibric, 2024) el enfrentamiento entre el analista y el paciente, este último, en un exceso de polémica, hablando de la vejez, representa en manera rotunda que es propio en este periodo de la vida que aparece una soledad no deseada muy grave: “¿Dónde están los nietos a medida que crecen y los abuelos se ponen más viejos? La realidad es que los jóvenes evitan la vejez. Los viejos son feos de ver y resulta engorroso frecuentarlos. Los viejos tienen manías, obsesiones, siempre tienen que decir algo, y nunca ese algo es bueno. Por tanto, mejor evitarlos” (pág. 114).
La soledad no deseada es antes de todo aislamiento físico. Estás a solas, sin ver por largos días a alguien, sin intercambiarse con un amigo palabras aun sencillas. La soledad no deseada se nutre también con un sentimiento de exclusión y marginación. En el enfrentamiento analítico el paciente así describe un lugar que aparentemente quiere luchar contra la soledad de los ancianos: “La residencia de ancianos es un campo de concentración de decrepitud, de sufrimiento, de debilidad física y mental” (pág.112). La soledad no deseada comparece también en la vida de la pareja. Parece imposible que en la pareja hay la soledad, considerado que tiene una vida diaria junta. Todavía es propio así. Son dos mundos los de la pareja que a menudo se encuentran con muchas dificultades. También en la novela El perro viaja conmigo(ExLibric, 2024) este asunto de la soledad en la pareja está tratado. “Cruzar los deseos sexuales no es posible porque los mundos de sueños y fantasías eróticas de cada uno son impenetrables, puede que ni nosotros mismos conozcamos cuáles son. Por eso el logro del placer en el acto sexual es individual y cada amante queda solo consigo mismo” (pág. 64). Pero aún más preocupante es la soledad cuando la pareja envejece. La vida se pone como forzosa y los sentimientos más insoportables sustituyen los de amor y atracción sexual. Esta condición de sufrimiento es así descrita en la novela Un lugar en el caos, a página 118: “De la indiferencia a la insoportable presencia del otro, que muchas veces se transforma en aversión, cuando no en odio. La pareja así es un lugar de soledad, en vez de ser compañía y amistad.”
La soledad no deseada no es sólo un problema individual, privado, que concierne la vida de cada uno de nosotros en unos momentos de nuestra vida. Se trata de un verdadero desafío social, al que el Estado y las instituciones públicas tienen la responsabilidad de dar respuesta. La pérdida del empleo, la migración son condiciones que determinan sentimientos de malestar, que impactan en la salud mental y que provocan fuertes percepciones de aislamiento. Es la soledad de los que vemos como envueltos en una burbuja aislante y que viven por las calles, durmiendo en lugares improvisados como estaciones de tren o paradas de autobús.
En El perro viaja conmigo examino la condición de estos marginados después de encontrarme con un hombre de edad madura que daba vueltas con un perro a lo largo de senderos de Charco del Palo a Lanzarote. “De repente habría querido apartarme, pero luego pensé que no era correcto ignorar a un ser humano, como hoy ocurre con todos los marginados que no tienen voz ni palabras, ignorados, hasta que estallan. A menudo son trastornados, guardan silencio en su burbuja de invisibilidad. Se cubren la cabeza con una capucha hasta los ojos. Rebuscan furtivamente en los contenedores de basura, indigentes avergonzados con su carrito de la compra buscando comida. Los llamarías náufragos invisibles, fantasmas que habitan puentes, paradas y estaciones del metro, sin que los vemos” (pág. 97/98).
Sin embargo existe una soledad deseada, que es fruto de una elección personal. En este caso, la soledad está acompañada de unas sensaciones de plenitud interior, bienestar y satisfacción emocional. Yo personalmente vivo esta soledad por mi creación literaria. Es una condición básica que me trae mucha felicidad. Escribo a página 127 de la novela El perro viaja conmigo: “Para mí, lo sabes, el sitio de Charco del Palo es lugar de felicidad de cada día con el paseo al amanecer y con imaginación narrativa. Cuando estoy allí mi cerebro va muy rápido y empiezan a vivir personajes e historias de pasión, todos los sentidos humanos se agitan y yo vivo otras vidas, otros amores, otros sexos.”
La soledad deseada es también una opción para afrontar condiciones psicológicas de particular relevancia como son los sentimientos de amor o el ahondamiento psíquico de la propia vida. Ejemplar con respecto a eso la condición de soledad querida del poeta italiano Francisco Petrarca del siglo XIV. En su poesía Solo y pensativo él declara que busca la soledad para ocultar su intenso amor por Laura. Esta soledad pero no es bastante porque su amor se transluce y, aun pasea por lugares aislados, montes, calles y ríos, incluso toda la naturaleza, saben de su amor y de su atormentada pasión por una mujer por la que se vuelve loco.
La soledad deseada quiere alimentar la satisfacción interior con la costumbre de una verdadera autonarración. Estar a solas es buscar un lugar adecuado para una conversación íntima con uno mismo. “Me levanto de la cama muy temprano al amanecer y, guardando profundo silencio, me voy a la cocina para calentar la cafetera, preparada la noche anterior, y disfrutar la espera de escuchar el soplo de agua vertiendo café en la caldera de la cafetera. Vierto la bebida caliente en una taza grande y me la llevo al aire libre, no sé, al balcón, la terraza o el jardín, donde me espera una cómoda tumbona. Me coloco allí y me tomo en absoluta tranquilidad esa taza de sabroso café, que obviamente anticipa el que le llevaré a mi esposa más tarde. Considero este primer café un privilegio porque estoy verdaderamente a solas conmigo mismo durante un tiempo libre para excelentes sensaciones. Mis pensamientos malos o buenos van libres y mi psique se vuelve loca” (Un lugar en el caos, pág. 131).
En resumen, podemos prescindir de todo excepto de contar historias, porque estamos hechos así, con un cerebro que es narrativo y a las neuronas les encanta contar historias.