Che cos’è la vita se non una grande manifestazione sensoriale?
Il nostro corpo domina, detta legge, ci chiede di star bene, di provare piacere, di allontanare il dolore, anzi ritiene quest’ultimo come il suo nemico più temibile. E noi cosa facciamo? A volte lo assecondiamo, soprattutto nell’allontanare la sofferenza e nel cercare il piacere sensoriale.
Ma non lo rispettiamo sempre.
Ci prendiamo delle pause, fuggiamo nell’astratto e nell’irreale. Tutto scorre inesorabilmente. A dopo, ci diciamo. Più avanti. Ma ci sfugge un particolare importante: il tempo invecchia, i sensi s’intorpidiscono, perdono la loro intensità, e allora c’è una fuga verso un futuro, che appare irraggiungibile.
Facciamo di tutto per rovinare il presente.
La felicità appare come una chimera, invece è qui con noi, accanto a noi, è nel nostro corpo. Qualcuno potrebbe dirmi allora sei un materialista. E lo spirito dove lo metti? Perché è questo che ci differenzia dagli animali e ci avvicina al divino.
Ma noi apparteniamo agli animali!
Il nostro essere è intriso della natura animale: l’istinto, la corsa al godimento dei sensi, al piacere erotico e di accoppiamento. Desideriamo unirci con un altro corpo, stringere tra le nostre braccia morbide linee di sensualità. Ma non basta.
Vogliamo di più.
Cosa? Ce lo chiediamo e non sappiamo rispondere.
L’insoddisfazione è umana, lo strapotere è umano.
Ma la gioia dei sensi è animale, la pace interiore è animale.
Io osservo il mio cagnolino, che non mi lascia un secondo. È votato a me. Ecco l’abnegazione che manca agli esseri umani!
La Natura è sublime, è la stessa che ci fa uguali uomini e animali. Ma la stessa Natura ha un volto infido, crudele, di cui spesso perdiamo cognizione, presi come siamo dal contingente, dalle nostre frenesie e dai nostri sogni irrealizzabili.
È un male inguaribile e ossessivo: il tempo!
Il tempo invecchia la Natura. Il tempo distrae, porta fuori rotta. Spesso va in collisione con ogni nostra speranza. Siamo disarmati. Eppure… eppure non ci vorrebbe molto: basta ascoltare il nostro corpo, dare credito ai nostri sensi. Sono i nostri sensi la guida della conoscenza e della felicità. Attraverso i sensi penetriamo nel mondo materiale, ci rappresentiamo la sua immagine fantastica, raggiungiamo l’essenza delle cose.
E siamo felici.
La felicità è lì nei nostri sensi.
Affiniamoli sempre più, alleniamoci a utilizzarli, come solo sanno fare bene gli animali. Tutto il mondo degli animali è costruito dai loro sensi.
Poi l’intensità di percezione: certo varia da individuo a individuo, da animale ad animale. Alcuni sensi sono più attivi degli altri, incoraggiano, se non addirittura sostituiscono quelli deboli. Impariamo dagli animali a usare il fiuto: l’olfatto è determinante per orientarci in ogni contesto ambientale. Con l’olfatto penetriamo i segreti della natura, il clima e il mondo vegetale. L’olfatto è anche il veicolo dell’amore. Annusandoci, ci innamoriamo. Però a volte, annusandoci, percepiamo un sentimento di pericolo.
(“Una sana follia” pag. 256 – 258)
Hay dos formas de soledad: la no deseada y la soledad por elección. En mi novela Un lugar en el caos(ExLibric, 2024) el enfrentamiento entre el analista y el paciente, este último, en un exceso de polémica, hablando de la vejez, representa en manera rotunda que es propio en este periodo de la vida que aparece una soledad no deseada muy grave: “¿Dónde están los nietos a medida que crecen y los abuelos se ponen más viejos? La realidad es que los jóvenes evitan la vejez. Los viejos son feos de ver y resulta engorroso frecuentarlos. Los viejos tienen manías, obsesiones, siempre tienen que decir algo, y nunca ese algo es bueno. Por tanto, mejor evitarlos” (pág. 114).
La soledad no deseada es antes de todo aislamiento físico. Estás a solas, sin ver por largos días a alguien, sin intercambiarse con un amigo palabras aun sencillas. La soledad no deseada se nutre también con un sentimiento de exclusión y marginación. En el enfrentamiento analítico el paciente así describe un lugar que aparentemente quiere luchar contra la soledad de los ancianos: “La residencia de ancianos es un campo de concentración de decrepitud, de sufrimiento, de debilidad física y mental” (pág.112). La soledad no deseada comparece también en la vida de la pareja. Parece imposible que en la pareja hay la soledad, considerado que tiene una vida diaria junta. Todavía es propio así. Son dos mundos los de la pareja que a menudo se encuentran con muchas dificultades. También en la novela El perro viaja conmigo(ExLibric, 2024) este asunto de la soledad en la pareja está tratado. “Cruzar los deseos sexuales no es posible porque los mundos de sueños y fantasías eróticas de cada uno son impenetrables, puede que ni nosotros mismos conozcamos cuáles son. Por eso el logro del placer en el acto sexual es individual y cada amante queda solo consigo mismo” (pág. 64). Pero aún más preocupante es la soledad cuando la pareja envejece. La vida se pone como forzosa y los sentimientos más insoportables sustituyen los de amor y atracción sexual. Esta condición de sufrimiento es así descrita en la novela Un lugar en el caos, a página 118: “De la indiferencia a la insoportable presencia del otro, que muchas veces se transforma en aversión, cuando no en odio. La pareja así es un lugar de soledad, en vez de ser compañía y amistad.”
La soledad no deseada no es sólo un problema individual, privado, que concierne la vida de cada uno de nosotros en unos momentos de nuestra vida. Se trata de un verdadero desafío social, al que el Estado y las instituciones públicas tienen la responsabilidad de dar respuesta. La pérdida del empleo, la migración son condiciones que determinan sentimientos de malestar, que impactan en la salud mental y que provocan fuertes percepciones de aislamiento. Es la soledad de los que vemos como envueltos en una burbuja aislante y que viven por las calles, durmiendo en lugares improvisados como estaciones de tren o paradas de autobús.
En El perro viaja conmigo examino la condición de estos marginados después de encontrarme con un hombre de edad madura que daba vueltas con un perro a lo largo de senderos de Charco del Palo a Lanzarote. “De repente habría querido apartarme, pero luego pensé que no era correcto ignorar a un ser humano, como hoy ocurre con todos los marginados que no tienen voz ni palabras, ignorados, hasta que estallan. A menudo son trastornados, guardan silencio en su burbuja de invisibilidad. Se cubren la cabeza con una capucha hasta los ojos. Rebuscan furtivamente en los contenedores de basura, indigentes avergonzados con su carrito de la compra buscando comida. Los llamarías náufragos invisibles, fantasmas que habitan puentes, paradas y estaciones del metro, sin que los vemos” (pág. 97/98).
Sin embargo existe una soledad deseada, que es fruto de una elección personal. En este caso, la soledad está acompañada de unas sensaciones de plenitud interior, bienestar y satisfacción emocional. Yo personalmente vivo esta soledad por mi creación literaria. Es una condición básica que me trae mucha felicidad. Escribo a página 127 de la novela El perro viaja conmigo: “Para mí, lo sabes, el sitio de Charco del Palo es lugar de felicidad de cada día con el paseo al amanecer y con imaginación narrativa. Cuando estoy allí mi cerebro va muy rápido y empiezan a vivir personajes e historias de pasión, todos los sentidos humanos se agitan y yo vivo otras vidas, otros amores, otros sexos.”
La soledad deseada es también una opción para afrontar condiciones psicológicas de particular relevancia como son los sentimientos de amor o el ahondamiento psíquico de la propia vida. Ejemplar con respecto a eso la condición de soledad querida del poeta italiano Francisco Petrarca del siglo XIV. En su poesía Solo y pensativo él declara que busca la soledad para ocultar su intenso amor por Laura. Esta soledad pero no es bastante porque su amor se transluce y, aun pasea por lugares aislados, montes, calles y ríos, incluso toda la naturaleza, saben de su amor y de su atormentada pasión por una mujer por la que se vuelve loco.
La soledad deseada quiere alimentar la satisfacción interior con la costumbre de una verdadera autonarración. Estar a solas es buscar un lugar adecuado para una conversación íntima con uno mismo. “Me levanto de la cama muy temprano al amanecer y, guardando profundo silencio, me voy a la cocina para calentar la cafetera, preparada la noche anterior, y disfrutar la espera de escuchar el soplo de agua vertiendo café en la caldera de la cafetera. Vierto la bebida caliente en una taza grande y me la llevo al aire libre, no sé, al balcón, la terraza o el jardín, donde me espera una cómoda tumbona. Me coloco allí y me tomo en absoluta tranquilidad esa taza de sabroso café, que obviamente anticipa el que le llevaré a mi esposa más tarde. Considero este primer café un privilegio porque estoy verdaderamente a solas conmigo mismo durante un tiempo libre para excelentes sensaciones. Mis pensamientos malos o buenos van libres y mi psique se vuelve loca” (Un lugar en el caos, pág. 131).
En resumen, podemos prescindir de todo excepto de contar historias, porque estamos hechos así, con un cerebro que es narrativo y a las neuronas les encanta contar historias.